Hay una encuesta que me ronda desde hace años. Según el Pew Research Center, el porcentaje de personas que se identifican como "ninguna religión" lleva décadas creciendo en Occidente. Pero cuando se les pregunta si tienen algún tipo de experiencia espiritual o si creen en algo más allá del mundo material, una proporción sorprendentemente alta dice que sí.
Lo sagrado no desaparece. Se desinstala de las instituciones y busca otro lugar donde vivir.
El problema con "espiritual pero no religioso"
La frase se ha convertido casi en un cliché, y como todos los clichés, esconde más de lo que revela. Para algunos significa una espiritualidad sincréticapoco comprometida: tomar un poco de budismo aquí, algo de astrología allá, un toque de mindfulness corporativo. Una espiritualidad de supermercado, sin raíces, sin exigencia.
Esa crítica tiene algo de verdad. Pero también me parece injusta.
Porque hay otra versión del mismo fenómeno que me resulta más interesante y más auténtica: personas que han experimentado algo que no saben cómo nombrar, que no caben en ninguna tradición existente, que se sienten convocadas por algo que trasciende su pequeño yo, pero que encuentran las formas institucionales incapaces de sostener esa experiencia.
¿Qué es lo sagrado?
Rudolf Otto lo llamó lo numinoso: esa experiencia de algo misterioso y tremendo que nos envuelve, que nos reduce a nuestra verdadera proporción, que inspira simultáneamente terror y fascinación.
Es una experiencia trans-cultural. Aparece en chamanes y en místicos medievales, en meditadores zen y en poetas románticos, en personas que de repente, sin aviso, frente a un paisaje o en el nacimiento de un hijo, experimentan algo que no tiene nombre pero que reconocen como más real que cualquier cosa ordinaria.
¿Es eso Dios? ¿El Ser? ¿Una propiedad de la conciencia? No lo sé. Pero la experiencia existe.
El precio de perder los recipientes
Las religiones, con todos sus problemas, cumplían una función que tendemos a subestimar: eran recipientes para lo sagrado. Rituales, comunidades, calendarios, textos, lenguajes simbólicos. Formas de transmitir la experiencia de generación en generación.
Cuando esos recipientes se rompen —por corrupción institucional, por incoherencia, por la violencia que históricamente han perpetuado—, lo sagrado no desaparece. Pero queda sin forma, sin lugar, sin transmisión.
Y ahí es donde estamos muchos: con experiencias que reconocemos como espirituales, con una búsqueda genuina, pero sin los mapas que nuestros abuelos tenían.
Construir sin dogma
Me parece que el reto del momento es aprender a habitar lo sagrado sin encapsularlo en sistemas que excluyen, que juzgan, que imponen. Una espiritualidad que sea a la vez rigurosa y abierta, enraizada y no sectaria.
Eso implica tomar en serio las tradiciones —leerlas, practicarlas, dejarse interpelar por ellas— sin rendirse a ninguna de forma absoluta. Implica tolerar la incertidumbre y no apresurarse a llenar los espacios vacíos con certezas que no se han ganado.
Implica también reconocer que la búsqueda espiritual puede ser muy seria sin tener que ser solemne, y muy profunda sin tener que ser exclusiva.
Una nota final
No sé si Dios existe. Tengo momentos en que la pregunta me parece crucial y otros en que me parece irrelevante. Lo que sí sé es que hay algo en la experiencia humana que trasciende la pura mecánica, que no se reduce a la biología ni a la economía ni a la producción de contenido.
Llamémoslo como queramos. Lo importante es no apresurarse a aplastarlo con el nombre equivocado.