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Conciencia

Conciencia expandida: notas desde el borde de lo ordinario

6 min de lectura Por Rodrigo Aguilera
Luz dorada expansiva

Hubo un momento, hace algunos años, caminando por un bosque en una tarde de otoño, en que todo cambió.

No de manera dramática. No hubo visiones ni voces. Fue más sutil: una sensación de que los límites entre "yo" y "lo demás" se volvían porosos. De que el bosque no estaba ahí fuera, sino que era parte de lo mismo que yo. De que la separación que normalmente experimento entre observador y observado era, de algún modo, una ilusión útil pero no del todo real.

Duró quizás treinta segundos. Luego volvió lo ordinario.

Tomarse en serio estas experiencias

Durante mucho tiempo no hablé de ese momento. No porque me diera vergüenza, sino porque no sabía cómo hacerlo sin sonar o místico en el sentido barato del término, o simplemente loco.

Pero he aprendido que estas experiencias son sorprendentemente comunes. Abraham Maslow las llamó "experiencias cumbre". William James documentó cientos en su libro Las variedades de la experiencia religiosa. Las neurociencias contemporáneas las estudian con creciente seriedad.

No son patológicas. No son alucinaciones. Son formas de experiencia que acontecen a personas perfectamente cuerdas, a veces en momentos de práctica contemplativa, a veces espontáneamente, a veces asistidas por sustancias psicodélicas.

Y lo que todas comparten es una cualidad particular: la sensación de que la realidad ordinaria es una capa, y que hay algo más profundo debajo.

¿Qué dicen las neurociencias?

Los estudios de Robin Carhart-Harris y su equipo en Imperial College London, entre otros, han documentado lo que sucede en el cerebro durante estas experiencias: una reducción de la actividad en la red de modo predeterminado (DMN), que es el sistema cerebral asociado al pensamiento autorreferencial, al yo narrativo, al constante "yo soy, yo tengo, yo hago".

Cuando esa red se aquieta, algo se abre.

Lo que no sabemos —y este es el problema difícil de nuevo— es si lo que se abre es simplemente una percepción diferente generada por el cerebro, o si la reducción del yo narrativo permite ver algo que siempre estuvo ahí pero que normalmente está tapado.

Ambas hipótesis son compatibles con los datos. Y el hecho de que lo sean dice algo sobre los límites de la explicación neurológica.

El yo como contracción

Una de las intuiciones que estas experiencias transmiten, y que encuentro cada vez más plausible, es que el yo ordinario —esa identidad compacta que cargo como una mochila invisible— es una construcción. Útil, necesaria, pero no la realidad última.

Lo que los contemplativos de todas las tradiciones han señalado, y que la ciencia contemporánea está comenzando a corroborar, es que la mente puede operar en modos muy distintos al habitual, y que en esos modos aparece algo que parece más fundamental: una conciencia que no depende del contenido de los pensamientos, que no se agota cuando el yo se aquieta.

Sin conclusiones prematuras

No quiero llegar demasiado pronto a ninguna conclusión. Estas experiencias no prueban que haya un alma inmortal ni que Dios exista ni que la conciencia sea no-local. Tampoco prueban lo contrario.

Lo que sí me parecen es suficientemente importantes para no descartarlas. Para tomárselas en serio como datos sobre la naturaleza de la mente, aunque todavía no sepamos bien qué hacer con ellos.

El borde de lo ordinario es un lugar extraño y fascinante. Merece exploración seria, humilde y sin prisa.

Y ese bosque de otoño, a veces, todavía lo siento.

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